Texto y fotos por P.R. Ortuño.

En las zonas semidesérticas alrededores de Mosul se encuentran varios campos de Personas Desplazadas Internas (IDP por sus siglas en inglés). Personas que han huido de la guerra que se libra entre las fuerzas gubernamentales iraquíes (con la ayuda del ejercito estadounidense) y el grupo Estado Islámico de Iraq y Levante (ISIL) en la ciudad iraquí de Mosul.

En uno de estos campos, el de Hassan Shams, donde actualmente se encuentran unos 11.000 desplazados, Ahmed Mahmud, de 47 años, y taxista de profesión, cuenta su visión de los hechos a varios periodistas dentro de la tienda donde vive ahora con su familia: “Al principio (cuando el ISIL tomó la ciudad) dijeron que no nos preocupáramos, que eran solo cuestiones políticas, pero después se empezaron a pelear con chiitas. No hubieron, en el inicio, muchos muertos. El ISIL tenía un acuerdo con los cristianos: Podían cambiar de religión, pagar una tasa (si no querían cambiar) o irse”.

Una família calienta el pan para desayunar en el campo de desplazados de Hassan Shams, a las afueras de Mosul.

La educación, obviamente, también cambió: “Las asignaturas de ciencia eran mas o menos igual, pero la lengua e historia eran centradas en el Islam solamente, incluso estudiábamos a Muhammad al-Adnani… (ya fallecido portavoz y uno de los líderes del ISIL)” afirma Yunas, de 18 años, que se ha metido en la tienda con su padre para charlar. “También teníamos clases de adiestramiento militar, para aprender a combatir. Yo estuve dos meses solo, pero después lo dejé”, prosigue el joven. Cuando el ISIL entró en Mosul, Yunas tendría unos 16 años. Su padre, Shihab, reconoce que la mayoría de la población de Mosul los recibió positivamente: “Es verdad, quizá un 90% de la población estaba de acuerdo con ellos (con el ISIL), pero con el tiempo fueron perdiendo apoyo… quizá ahora sería solo el 30%”.

Residentes del campo de desplazados de Hassan Shams explican su experiencia después de vivir más de dos años bajo el mandato del grupo Estado Islámico.

Una de las claves para este apoyo la encontramos en que “antes éramos maltratados por el gobierno y militares iraquíes, así que cuando llegaron (el ISIL) mucha gente les dio la bienvenida, ya que esperaban que su situación mejorara”. Shihab también acusa al ISIL de pregonar un Islam falso: “Yo conozco el Islam y no era esto, se habían inventado cosas. Las mujeres tenían que ir en ‘niqab’ siempre, incluso en el hospital. Los hombres llevar unos pantalones que siempre descubrieran el tobillo y no nos dejaban fumar, pero en cambio ellos fumaban todo el día”.

Residentes del campo de desplazados internos de Hassan Shams que han huido de la guerra en Mosul entre el grupo Estado Islámico y el Ejército iraquí.

Según explica, la esclavitud también estaba a la orden del día: “En la entrada del ayuntamiento había una gran pancarta con fotos de mujeres en venta, la mayoría yazidíes, con precios de entre 1.000 y 10.000 dólares, aunque también podías comprarlas a cambio de un coche, por ejemplo. Esto (la esclavitud) era algo habitual, así como las ejecuciones, quien diga lo contrario, miente”, afirma contundente Shihab. Entre tanta crítica, es preguntado por si el ISIL no hizo nada bueno en Mosul durante estos dos años. “Bueno, sí, mejoraron el tráfico de la ciudad. Por la tarde (Mosul) suele estar abarrotada de coches. Con ellos, había menos coches…”

Vista del campo de desplazados internos de Hassan Shams, a las afueras de Mosul, donde aproximadamente 11.000 personas huidas de la guerra entre el Ejército Iraquí y el grupo Estado Islámico residen.

También a las afueras de Mosul, se encuentra otro campo de desplazados, el de Hassan Shams, donde unas 36.000 personas residen. Allí Hammad Muhammad, de 31 años y que solía ser operario con excavadoras, confirma las ejecuciones publicas y el esclavismo: “Yo prefería no presenciar las ejecuciones, pero una vez si que vi que tiraban a uno desde un tercer piso por supuestamente haber realizado sexo ilegal, supongo que fuera del matrimonio. Los castigos eran diarios, podían ser azotes o… una vez vi que iban a matar a alguien con un lanzacohetes”. Preguntado por las nacionalidades de los miembros de ISIL, Hammad responde que “los jefes eran tanto iraquíes como extranjeros, había chinos, rusos, japoneses… muchos de estos venían para enseñar a combatir. Uno era alemán y todo, y los suicidas también eran de todos los sitios. Se convirtió en algo normal que alguien se inmolara”. Le pregunto si el ISIL hizo algo bien durante sus más de dos años en Mosul, a lo que responde que “bueno, si te unías a ellos te podía ir bien, claro. Si no, te doblaban los impuestos. A esto le llamaban ‘zakat’ (o azaque en castellano, uno de los pilares del Islam, que es dar una porción de tu riqueza para los pobres y necesitados), aunque era para ellos mismos”, asegura. Al ser preguntado por su futuro, su respuesta no es muy optimista: “He perdido la esperanza, nada volverá a ser igual entre nosotros (entre los habitantes de Mosul). “Ahora mismo mucha gente se odia, a veces entre vecinos mismos, ya que tu conoces a gente que se ha unido al ISIL y que ha matado a tu hermano, por ejemplo. Hay odio.” A pesar de esto, Hammad afirma que si Mosul se libera del todo el volverá.

Desplazados por la guerra en Mosul en el campo de desplazados internos de Khazer, donde aproximadamente 36.000 personas viven.

También a las afueras de Mosul, se encuentra otro campo de desplazados, el de Hassan Shams, donde unas 36.000 personas residen. Allí Hammad Muhammad, de 31 años y que solía ser operario con excavadoras, confirma las ejecuciones publicas y el esclavismo: “Yo prefería no presenciar las ejecuciones, pero una vez si que vi que tiraban a uno desde un tercer piso por supuestamente haber realizado sexo ilegal, supongo que fuera del matrimonio. Los castigos eran diarios, podían ser azotes o… una vez vi que iban a matar a alguien con un lanzacohetes”. Preguntado por las nacionalidades de los miembros de ISIL, Hammad responde que “los jefes eran tanto iraquíes como extranjeros, había chinos, rusos, japoneses… muchos de estos venían para enseñar a combatir. Uno era alemán y todo, y los suicidas también eran de todos los sitios. Se convirtió en algo normal que alguien se inmolara”. Le pregunto si el ISIL hizo algo bien durante sus más de dos años en Mosul, a lo que responde que “bueno, si te unías a ellos te podía ir bien, claro. Si no, te doblaban los impuestos. A esto le llamaban ‘zakat’ (o azaque en castellano, uno de los pilares del Islam, que es dar una porción de tu riqueza para los pobres y necesitados), aunque era para ellos mismos”, asegura. Al ser preguntado por su futuro, su respuesta no es muy optimista: “He perdido la esperanza, nada volverá a ser igual entre nosotros (entre los habitantes de Mosul). “Ahora mismo mucha gente se odia, a veces entre vecinos mismos, ya que tu conoces a gente que se ha unido al ISIL y que ha matado a tu hermano, por ejemplo. Hay odio.” A pesar de esto, Hammad afirma que si Mosul se libera del todo el volverá.

Personas desplazada por la guerra en Mosul hacen cola para abastecerse de agua en el campo de desplazados de Khazer, a las afueras de Mosul.

Varias personas más con las que he podido hablar cuentan más o menos el mismo relato: Esclavitud, una obsesión por pare del Daesh para que la población siga un estricto código de vestimenta, la prohibición de fumar y castigos físicos y condenas desproporcionadas en el caso de saltarse alguna de estas normas o por actos íntimos fuera del matrimonio o homosexuales, penados con la muerte. A pesar de que se muestran reticentes al principio, consigo hablar con un grupo de mujeres que charlan sentadas delante de un tienda aunque no quieren decir sus nombres. Son de las afueras de Mosul, y explican que eran obligadas a vestir con el niqab y todo de negro, con guantes también, y que las niñas no podían ir a la escuela. Una de ellas se queja de que cuando huían para venir aquí, soldados iraquíes les gritaban acusándoles de pertenecer a Daesh. “¡Vivimos dos años con el Daesh y nunca nos unimos a ellos!”, asegura. Otra mujer joven afirma que “Daesh nos castigaba demasiado, entraban en las casas, nos interrogaban… no eran nada buenos”.

Un peluquero le corta el pelo a un chico en el campo de desplazados Internos de Khazer, a las afueras de Mosul, donde unas 36.000 personas desplazadas por la guerra entre el Ejército Iraquí y el Estado Islámico residen.

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