Por Chiara Gilardoni.

Vivimos en una sociedad construida por binarismos –1 y 0, blanco o negro, hombre o mujer– donde todo queda categorizado en compartimentos estancos –bueno y malo, nosotros y ellos, justo e incorrecto–. La sociedad nos enseña como tienen que actuar las mujeres a lo largo de su vida –buenas niñas, buenas mujeres y luego buenas madres– para encajar en los cánones que reconocemos como naturalizados.

Así pues, no tendría que extrañarnos las recriminaciones que se hacen contra aquellas mujeres que salen del prototipo estándar de lo femenino que la sociedad misma requiere –por ejemplo, las criticas brutales contra aquellas que no sienten la necesidad o, aún ‘peor’, no tienen gana de ser madres–, ni tampoco que esta misma sociedad pretenda encontrar patrones estereotipados también para las mujeres que se enfrentan a casos dramáticos, como es el caso de una violación.

Estos días vuelve a ser muy presente el largo debate global sobre la cuestión de la violencia de género, por culpa –o gracias– de algunos casos mediáticos particularmente notorios: hace poco empezó el proceso judicial para condenar los cincos violadores, los miembros del grupo conocido como ‘la manada’, que en julio del año pasado en Pamplona agredieron y violaron una mujer; paralelamente, en Estados Unidos, muchas actrices han empezado a denunciar las violencias físicas y psicológicas que sufrieron en el mundo del espectáculo.

Sobre el caso de los Sanfermines, estos cincos hombres pertenecen a una banda con otros quince, los cuales, en el horrible chat del grupo, organizaban, charlaban y comentaban entusiasmados los actos de violencia contra la mujeres. Se aconsejaba utilizar armas, cuerdas y drogas, para tener un resultado aún más eficiente.

Cuando el patriarcado nos enseña su verdadera cara, algo como ‘la manada’ sólo puede ser la punta aterradoramente visible de un sistema que no funciona. O sí que funciona, por desgracia para las mujeres, porque al patriarcado le interesa tener a la mitad de la población oprimida. A propósito de los icebergs, así como por cada tipología de violencia, es importante recordar que lo que vemos sólo es lo que sale a la superficie, es decir, es únicamente lo que sale de nuestro estado de cosas “normal”. Pero, por debajo de ese iceberg cuya punta es la violación o el feminicidio, su mismo cuerpo está compuesto por toneladas de micro y macro violencias, por mitos, leyendas, aspectos socialmente considerados como “correctos”, polémicas estériles y mucho más que nos parece invisible, puesto que sostiene la normalidad del nivel cero contra lo que percibimos como exceso.

¡Cuanto daño nos han hecho los mitos! ¡cuan peligrosa resulta nuestra manía de encasillarlo todo!

Este mismo 2017, en el País Vasco, hubo lugar un proceso judicial por violación, agresión y secuestro de una mujer por parte de su marido: él fue condenado a 15 años en la cárcel. Curiosamente –aunque tampoco tendría que sorprendernos– la defensa apeló al Tribunal Superior de Justicia para que se reanalice el caso. ¿Por qué? Porqué algunas cosas no ‘coincidían’ con la gravedad de los hechos presentados por parte de la acusación. Puesto que en el País Vasco sigue vigente el informe psiquiátrico, es decir, la presencia de un corpus médico especializado en evaluar las condiciones psicofísicas de la víctima –para luego entregar el perfil psicológico al juez–, si ese perfil psicológico se aleja un poco de las acusaciones hechas por la víctima, el fiel de la balanza se acerca peligrosamente hacia el acusado.

En este caso específico, la mujer violada decidió denunciar a su marido y quiso voluntariamente hacer todas las prácticas burocráticas necesarias para que lo encarcelaran. ¿Qué salió en la pericia psicológica? Que la mujer no se lamentó durante del examen médico. La mujer no lloró, escribieron, ni actuó de una forma acorde a alguien que ‘supuestamente’ haya sido violado y agredido. En la sociedad en la cual vivimos, todo tiene que seguir un modelo, un habitus reconocido, y nada puede salir del estado naturalizado de las cosas: también una mujer violada tiene que representar algunas actitudes ya estipuladas. Queda claro que una mujer tenga que desesperarse, gritar, dar coces, cuando están a punto de violarla. Porqué es impensable que el terror de lo que está a punto de pasarte pueda transformarse en horror, paralizando mente y cuerpo, impidiéndote no solo rebelarte físicamente, sino también de decir ni pío.

Y si te quedas quieta, tal vez no pasó algo tan malo. Tal vez te gustó un poco. Y si denuncias media hora –o quince años –después es porqué, evidentemente, lo reconsideraste y ahora quieres hacerle sufrir.

Si después de denunciar a tu violador, intentas no cerrarte en casa, sino seguir estudiando, saliendo o viajando, tu actitud incita a la opinión pública – que ama jugar al papel de juez, jurado y ejecutor –  a creer que eso no puede haber pasado. Que eres una mentirosa. Una mujer violada tiene que encerrarse en casa, consigo misma, por siempre jamás marcada por algo que tiene que haberla –sí o sí – destruido.

De esa misma manera, la sociedad nos impone que denunciemos a nuestros violadores –porqué así tenemos que actuar–, pero luego nos llama ‘mentirosas’. Así que, si denuncio, nadie me va a creer, y si no denuncio, estoy actuando de una manera incorrecta.

Me pregunto, genuinamente, ¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué se espera de nosotras?

¿Qué es lo que esperamos de la víctima? Probablemente que se suicide, para que sea todo más creíble. O que la maten, así que, por lo menos, no podrá ser responsable de sus acciones y dejará que los hechos hablen solos. No tendríamos que necesitar de estos extremos para ser libres de creer, libres de la idea de unos prototipos –o un perfecto manual listo para usar– de una buena víctima.

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