Una hombre vota durante el Referéndum -finalmente suspendido por el T.C.- del pasado 1 de octubre en Barcelona.

Por P.R. Ortuño.

La decisión del Gobierno de Rajoy de convocar elecciones justamente después de tomar control de Cataluña y previstas en un espacio de tiempo tan corto, es una gran jugada. Lo es por varios motivos:

A pie cambiado

El primero, porque rompe los argumentos de los dirigentes independentistas de que declarar la independencia era la mejor opción de defender el autogobierno catalán de un estado represivo. Con las elecciones, el Gobierno da la sensación de no querer quedarse en Cataluña más de lo necesario, y rebaja la tensión de la amenaza de una aplicación del 155 larga, profunda y traumática. También, porque es más difícil acusar a alguien de represor cuando una de las primeras medidas que toma es la de dejar que los ciudadanos decidan con sus votos en unas elecciones.

Desvío la atención

El segundo, porque, el mismo día de su aplicación, ya había desviado toda la atención hacia estas próximas elecciones, quedando las otras medidas del 155 escondidas detrás la nube de preguntas y dudas sobre lo que harían los partidos que acababan de declarar la República catalana. Ya no se habla del 155, sino de las futuras elecciones. La clásica estrategia del ‘desvío de atención’ de la que, por cierto, se ha convertido el Partido Popular un maestro en los últimos años –en gran parte gracias a lo que pasaba en Cataluña, que le ha servido para capear el temporal de corrupción que asolaba a su partido–. Pero volviendo a lo que decía, con esta fórmula pone en la tesitura a los partidos independentistas de tener que decidir si participar o no en unas elecciones autonómicas el día después de, supuestamente, haberse convertido en una Republica independiente. Aunque de momento puedan hacerse un poco los duros, lo normal es que los partidos independentistas terminen presentándose, ya que si no lo hacen, su espacio político lo ocuparán otros, corriendo así el peligro de volverse invisibles y estériles políticamente, y con la posibilidad real de que la líder de la oposición, Inés Arrimadas, se convierta en Presidenta de Cataluña. Concurrir a las elecciones autonómicas convocadas por el Gobierno español supondrá admitir lo que muchos ya sabían -incluso dentro de los partidarios por la independencia–, que esa declaración el día 27 de octubre, por muy emotiva que les pareciera, solo fue un acto simbólico ya que de momento carecen de la capacidad como para hacer efectiva la independencia.

¿Control sobre la autonomía?

Tercero, porque el Gobierno de Rajoy se ahorra el engorro de tener que comprobar si realmente puede ejercer un control efectivo sobre la comunidad. Me explico. En Cataluña la cantidad de funcionarios por parte del Estado es prácticamente testimonial. Una gran mayoría de alcaldes –el PP solo tiene una alcaldía– se pronunciaron en contra de la aplicación del 155. A su vez, los estamentos educativos, además de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals –o sea, TV3 y Catalunya Radio– afirmaron que no reconocerían a sus nuevos superiores impuestos por el Gobierno. En estas circunstancias, y más teniendo una parte tan grande de la población en contra, entrar ‘a saco’ en la autonomía e intentar aplicar algunas de las medidas que se hablaban –control sobre la educación y los medios–, no parece una idea muy halagüeña. Como tampoco es sensato esperar que los funcionarios catalanes cooperen y no boicoteen, aunque sea sutilmente, la cadena de mando. Y eso sin olvidar las posibles sorpresas en forma de ‘resistencia pacífica’ que pudiera encontrarse. Es posible que todas esas medidas fueran solo amenazas preventivas para presionar al Govern a convocar elecciones –que curiosamente hicieron el efecto contrario–. Sin embargo, la falta de control del Estado en Cataluña, especialmente sobre una gran parte sus gentes, se hizo patente el día del referéndum, el cual no solo no pudieron desbaratar, sino que además la liaron gorda contra la población. Durante las semanas previas, los millares de policías desplegados y los servicios de inteligencia fueron incapaces de encontrar unas urnas y papeletas que, mientras ellos iban dando palos de ciego en imprentas y almacenes, estaban siendo guardadas en secreto en las casas de los propios ciudadanos. Miles de urnas y millones de papeletas escondidas en los vecindarios. Fueron los vecinos también los encargados de protegerlas y de llevarlas a sus respectivos colegios para la votación. Esta demostración de autogestión y organización popular supo eludir a las fuerzas del orden e inteligencia desplegados en Cataluña, provocando su humillación. Además fue demostración al Gobierno de Rajoy –que no esperaba que hubieran tantos colegios abiertos, urnas, papeletas, ni desde luego, votantes– de que no tenían realmente un control efectivo sobre el terreno, o que no podrían conseguirlo sin usar una violencia extrema. Así que, antes de comprobarlo, antes de correr el riesgo de demostrar debilidad en caso de fracaso o descontrol, y evitando así también que las cosas pudieran ponerse feas de verdad, era evidente que la mejor decisión era cortar y cambiar las cabezas de mando, convocar elecciones rápidamente, y que sea lo que Dios quiera.

Lavado de imagen

Y cuarto y último, porque, de esta forma, el ‘lavado de cara’ del Gobierno no solo se hace de cara a Cataluña, sino, –lo que de bien seguro les preocupa más–, de cara a Europa. Mariano Rajoy ha hecho lo que se le pedía a Carles Puigdemont desde Europa y desde España, incluido el Lehendakari Íñigo Urkullu: No hacer un paso en falso y desescalar la tensión convocando elecciones. En este sentido, imagino que esta decisión del Gobierno tiene su origen en recomendaciones –o presiones– secretas, que seguro que existen, por parte de órganos o líderes europeos. No niego el que Gobierno español sea capaz de tomar alguna buena decisión de vez en cuando, pero, después de haber practicado la negación al problema durante años, y de la torpeza –por no decir adjetivos más graves– de enviar policía y guardia civil a pegar a votantes y requisar urnas a ojos de toda Europa, desde luego este lúcido movimiento de convocar elecciones tan rápido parece haber sido pensado desde otro sitio.

 

En este sentido, la más que probable mediación europea para que se vuelvan a colocar urnas en Cataluña tan pronto, permitirá a España, a Cataluña y a la misma Europa ver el actual estado de salud del independentismo y su porcentaje real en unas votaciones convocadas por el Estado, esta vez, con junta electoral y, esperemos, sin la intervención de ‘Piolín’.

 

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